OPINIÓN

Resultados electorales, relevos generacionales

José Sanroma Aldea

I

Los resultados electorales del 8 de marzo que dejan en la presidencia del gobierno a Zapatero (PSOE) y en la oposición a Rajoy (PP) reabren la cuestión de los relevos generaciones; tema recurrente hasta la moda en los análisis políticos desde el fin de siglo pasado y albores de este por rapidez se concluye que “el ciclo de la generación Aznar ha terminado en el PP”, por ejemplo J. Ramoneda en El País; y este diario, muy orteguiano, anuncia que el PP prepara el paso a otra generación.

            En España aún se saca jugo a Ortega y Gasset (1883-1955) uno de los filósofos cuyas ocurrencias han venido prestando bien al discurrir de analistas y políticos.

            Para Ortega el concepto “generación” era el más importante de la historia, el “gozne sobre que ésta ejecuta sus movimientos”. Aunque no se comparta esta idea, se puede admitir que el enfoque generacional ayuda a reflexionar sobre algunos temas de nuestro tiempo. Ahora bien, la forma más directa de abortar esa posibilidad es convertir la idea en una receta mágica. Así, por ejemplo, en el análisis de las crisis de los partidos tanto si se presenta el “relevo generacional” como bálsamo de Fierabrás  que sana heridas y permite obtener triunfos en la contienda electoral, como si se concibe como respuesta a un fracaso electoral. En ambos casos la receta sería: el partido aumenta el valor de sus esperanzas de voto si realiza un relevo generacional.

Antes de cuestionar el valor de esta proposición, debe advertirse que habitualmente se presenta referida no al cambio en la totalidad del partido, (en su militancia activa, en su electorado más fiel) sino a un “relevo” que se circunscribe a su grupo dirigente. Siendo así, el marchamo del “relevo generacional” se convierte, por una parte, en un lugar común frecuentable y expedido con éxito por los medios de comunicación; por otra, opera como falsa conciencia, que no explica el resultado electoral ni expresa las raíces de la crisis, (y que mas bien puede contribuir a desatarla). Si solo maquilla una distribución del poder interno, a favor de sectores que no tienen rostro y trayectoria política identificadas, poco dice, por sí solo, de la evolución que seguirá el partido.

            El “relevo generacional” como resorte del cambio ya tuvo buena prensa aplicado al análisis del ascenso del PP a su condición de partido más votado. Cierto es que solo con personalidades de otra generación (H. Mancha, Aznar) pudo intentarse romper el techo de Fraga vinculado a su pasado franquista; régimen cuya deslegitimación era entonces, por su cercanía, más influyente, que hoy. Aznar ganó a la tercera contienda (1989, 1993, 1996) y luego en el 2000, donde obtuvo mayoría absoluta, esta habría sido ganada con la consolidación del ascenso, en el partido y en el gobierno, de las nuevas generaciones, hechas políticamente en la democracia y no en el servicio al régimen dictatorial.

Aplicado al caso del PSOE una notable homogeneidad se produjo en los medios de comunicación saludando su XXXV Congreso (2000) en el que resultó elegido Rodríguez Zapatero como Secretario General; era el  relevo de una generación de dirigentes políticos cuya fecha de caducidad se anticipaba. Y la nueva dirección rindió tributo a la importancia de la generación como “gozne”, portando ante la sociedad el estandarte del relevo generacional, y en el seno del partido utilizándolo como argumento de legitimación.

Por las mismas fechas se saludó el relevo generacional que suponía la elección de Llamazares como líder de Izquierda Unida, considerando el hecho clave para el futuro de esta formación. Recordemos que tanto PSOE como IU, -que anunciaron su colaboración en la precampaña electoral de 2000-, obtuvieron magros resultados, abocándose a su crisis.

 

II

Con tales antecedentes la primera cuestión que afecta a nuestro tema es: ¿el cambio de generación en la dirección de un partido opera como factor de superación de sus crisis y de incremento del número de sus votantes?.

Puede operar en esa dirección pero también en la contraria. Admito que esto sea una obviedad; pero si es así, consecuencia lógica será admitir también que el “relevo generacional” no es por sí mismo un factor inequívocamente positivo; puede ser un síntoma más de agravamiento  de la crisis que estreche la base electoral del partido.

La generación como “gozne que ejecuta el movimiento” sí, pero ¿abriendo o cerrando?. Para tratar esta otra cuestión, habría que someter a análisis otra: qué generación es la sustituida, qué generación la sustituye, y el porqué y el cómo del relevo.

            Pero volvamos a la primera.
 
A mi juicio, la posibilidad de que el ascenso al poder, en el seno del partido, de otro grupo generacional pase a ser un factor inequívocamente positivo radica en su capacidad para emitir un mensaje, un proyecto (o como quiera que se le llame) portador de un significado común para el conjunto de las generaciones; depende de su capacidad para promover e insertarse, con destacado protagonismo, en un diálogo intergeneracional, del cual resulte una fuerza mayoritaria social y electoralmente.

            Planteemos otra cuestión: ¿La tarea del diálogo intergeneracional solo puede ser cumplida por una generación que sea nueva en el desempeño del poder partidario?
           
Mi respuesta es negativa: También puede hacerlo, y en principio es más factible que lo haga, un grupo dirigente cuya composición haya interiorizado ese diálogo. Cuando la tarea recae en la generación que releva a la que anteriormente ejercía la dirección, es porque ésta no ha integrado lo que otras hubieran podido o debido aportar; no se ha remodelado a sí misma cambiando sus líderes; no ha conectado de forma nueva con sus bases; cuando ha gastado el crédito que tenía ante las demás y ante sí misma, cuando ya no es capaz de presentarse ante la sociedad como una opción que merezca ser ganadora y, en consecuencia, ha de ceder el testigo a la generación siguiente.

El análisis de la experiencia española mostraría que el partido que gana las elecciones no lo hace tanto porque haya producido un cambio generacional entre sus mandamases (aunque también) sino porque el grupo dirigente ha logrado dar un significado común, para varias generaciones, a su pretensión de ser mayoría electoral y de ser gobierno. Tres ejemplos:

Uno. El PSOE había producido su relevo generacional en el Congreso de Suresnes. Francia 1974. Vivía Franco. Solo en las terceras elecciones generales (1977, 1979, 1982) consiguió ganar. Su triunfo aparecía para todas las generaciones como la vía para la consolidación de la democracia, y ésta como puerta y  precondición de la realización de intereses y valores más específicos también para cada generación.

Dos. El PP triunfó también a la tercera después de haberse producido el cambio generacional en su cúspide, cuando logró que su idea de “pasar página” significara algo positivo para gran número de los integrantes de cada generación.

Tres. Zapatero ganó a la 1ª con el PSOE el 14 de marzo de 2004 porque -entre otros factores- se produjo espontáneamente (de forma imprevisible lógicamente) la ocasión para una confluencia intergeneracional inusitada en la oposición a las políticas de guerra que estimulaban la violencia (Irak)

Una pobre lectura de estas experiencias sería que el cambio generacional en la dirección del partido ha de preceder necesariamente a una victoria electoral y que ésta tardará en madurarse pero producirá fruto finalmente con toda seguridad. Es corta la lectura porque obviaría que el PSOE tardó tanto porque tuvo que enfrentarse en 1977 y 1979 a una UCD que expresaba un diálogo  y emitía un mensaje intergeneracional con gran peso también. Y en el caso del PP obviaría que no solo falló estrepitosamente el primer relevo (H. Mancha) sino que quizá tampoco Aznar hubiera aguantado si Felipe González tras ganar por los pelos en 1983, hubiera sido consecuente con sus propias palabras de entonces (“he entendido el mensaje”) y hubiera procedido a una renovación del grupo dirigente; lo cierto es que en aquella coyuntura de 1993-1996 no compareció una generación de políticos más jóvenes (que ya entonces estaban pero que no comparecieron) para obligar a su propio partido a entender lo que fuera sí se entendía. Si miramos el resultado electoral de IU de 2008 la conclusión no podría ser otra que el fracaso del relevo generacional de Llamazares anunciado como buena nueva en el 2000.

Una lectura más atenta podría descubrir que las posibilidades de victoria electoral del partido en cuya cima se ha producido el relevo generacional están ligadas a la capacidad del nuevo grupo dirigente para establecer, desde el inicio de su trayectoria (que no solo de su ascenso a la dirección), un diálogo con todas las generaciones, contribuyendo con su particular esfuerzo a conservar, renovar y ampliar la base social partidista y electoral. Y con ello a vigorizar la democracia.

Los resultados del 8 de marzo también indican que el PSOE ha necesitado el concurso de sus mayores para obtener el triunfo allá donde este era más necesario. En economía con Solbes y en Cataluña el del “viejo” Felipe González cuyo mensaje (“nos vemos en Sant Jordi”) fue tan movilizador. En el otro lado indican que el “mensaje” de “los hombres de Aznar” (a los que se ha puesto fecha de caducidad) ha obtenido mas votos que nunca.

Así que no saquen consecuencias rápidas. Zapatero desde 2000 no dio impresión alguna de que le resultaría mas que necesario contar con sus  antecesores; pero en la hora crítica los tuvo. Soraya Sáez de Santamaría, designada por el presidente del PP como portavoz de su grupo parlamentario, a la que la guasa machista ha nombrado como “la niña de Rajoy”, ha comenzado dando una muestra de cordura, al afirmar que contará con quienes tengan mas experiencia y también con los jóvenes que vienen de refresco.

La cuestión abierta es cómo arbitra este propósito el funcionamiento democrático del partido. O de modo mas general: como contribuyen los partidos políticos al imprescindible diálogo intergeneracional, cuyas condiciones de existencia han quedado alteradas radicalmente por los modernos medios de comunicación.